Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir.
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz. La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única. ¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras, la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte para cantar sus mares y sus espadas, la serena amistad, las galerías de la Biblioteca, las cosas comunes, los hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño?
Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.
Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.
Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.
Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles.
Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.
Ya los ejércitos me cercan, las hordas.
(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.)
El nombre de una mujer me delata.
Me duele una mujer en todo el cuerpo.
Un regalo para ustedes, agudas. Porque siempre es un placer volver a leerlo, y porque me recuerda lo más hermoso y sufrido de nuestra adolescencia. Las quiero. Mari
ResponderEliminarDebo decir querida Marivé que te agradezco enormemente el subir esta pUema taaaaan amado por todas. Lo leí, y lo releí, y lo releí y me gusta tanto. Todo, cada parte. Nunca olvidé (al leerlo me di cuenta) esa idea tan genial y tan cierta que los lugares en las que aquel que amamos no estuvo son irreales. Es tan así. El mundo que existe, cuando estás enamorado (o amás, esto da para entrada in extenso), sólo lo constituís vos y el otro. Tan cierto, como frágil y breve. Gracias Marivelina otra vez!
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